Nadie es una isla por sí solo. Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo. Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. Nadie es una isla; la muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por eso nunca preguntes por quién doblan las campanas: doblan por ti.

(John Donne, Devotions Upon Emergent Occasions, 1624)