José Mallorquí

José Mallorquí Figuerola nació en Barcelona el 12 de febrero de 1913. Era lo que por aquel entonces se llamaba, en tono más bien despectivo, hijo natural. Su padre, José Serra Farré, jamás le reconoció, así que tuvo que adoptar los apellidos de su madre, Eulalia Mallorquí Figuerola. Primero pasó al cuidado de un ama de cría, Isidra; después al de doña Ramona (a la que él siempre consideraría su abuela, aunque no lo fuera); por último, ingresó como interno en el colegio de los Salesianos. Esta niñez le produjo su carácter tímido y soñador. Como escribió años más tarde, en 1967: "Un día me fueron a buscar a la salida del colegio y me dijeron que Ramona, mi abuela, había muerto. Me sentí infinitamente solo. Y así estuve hasta que conocí a la que hoy es mi mujer".
Fue mal estudiante y a los 14 años abandonó el colegio y entró a trabajar en la firma de electrodomésticos Marelli como meritorio, luego ejerció idénticas funciones en la fábrica de productos químicos Foret. Fue un gran lector de todo cuanto caía en sus manos: Zane Grey, Oliver Curwood, Dumas, Peter Keyne, Zola, Galdós, Alarcón, Guido de Verona, Blasco Ibañez (a quién admiraba profundamente y de quien siempre conservó una foto dedicada), Palacio Valdés, Jardiel Poncela...
En 1931, habiendo recibido una herencia cuantiosa por el fallecimiento de su madre, dejó el trabajo y se regaló un par de años de ocio, convirtiéndose en un joven sportman entregado a la natación, al esquí, al montañismo, al ciclismo y a los viajes.
En 1933, dilapidada la herencia materna, comienza a trabajar para la Editorial Molino. Así lo narra su hijo César “En la editorial Molino buscaban traductores de inglés, pero mi padre sólo sabía francés, así que se puso de acuerdo con un amigo, natural de Inglaterra, que hablaba francés, pero nada de español. La cosa funcionaba así: el amigo traducía del inglés al francés y mi padre lo trasladaba al castellano. Una locura, pero funcionó. Mi padre fue contratado por Molino y, mediante ese peculiar método, tradujo una novela de Sabatini. No obstante, como la necesidad de contar con un colaborador resultaba muy onerosa, mi padre prescindió de su amigo inglés para la siguiente traducción que le encargaron, una novela de Agatha Christie. ¿Qué hizo? Aprender inglés. ¿Cómo? Con la ayuda de un diccionario. José Mallorquí aprendió inglés con un simple diccionario. Parece increíble.”
Tradujo muchas obras para la "Biblioteca Oro" de Molino y realizó algunos relatos cortos de complemento y episodios para la "Serie Popular Molino", que publicaba historias de nueva factura sobre antiguos héroes del folletín como Búfalo Bill, o Nick Carter.
En diciembre de 1936 se casa con Leonor del Corral. Al respecto cuenta su hijo César: “Examinando viejos documentos y cartas familiares, descubrí que el noviazgo de mis padres no fue sencillo, pues mi abuela materna se opuso siempre a la relación de su hija con un joven traductor al que le auguraba un negro porvenir. Y es que mi abuela, aparte de ser idiota, carecía del don de la profecía. Mi padre jamás le perdonó a su suegra el trato despectivo que le dispensó al principio y, durante los últimos años de su vida, dejó de dirigirle la palabra. Por el contrario, mi padre sentía un gran afecto por su suegro, el crítico teatral y periodista Carlos del Corral.”
Al estallar la guerra en España, Molino emigra a Buenos Aires, donde continúa su labor editorial. Mallorquí, aunque en España, sigue traduciendo para ella la mítica colección "Hombres Audaces", que publicaba en castellano las aventuras de los héroes "Doc Savage", "La Sombra", "Bill Barnes" y "Pete Rice", y que continuaría, más adelante, con las de "El Vengador", "El Capitán" y "Jim Wallace" (personaje este, que era en realidad el Nick Carter publicado por Street&Smith). Mallorquí se anima a escribir aventuras como las que traduce y publica en "La Novela Deportiva", de Molino (que se publicó en Argentina a partir de 1937), larguísima colección íntegramente escrita por Mallorquí y que constó de 44 novelas, más otras doce en su segunda época, ya en España.
Escribió también biografías de conquistadores españoles y cuatro novelas de detectives para la "Biblioteca Oro." Al término de la guerra, con el regreso de Molino a España, tanto "Hombres Audaces" como "La Novela Deportiva" fueron editados en la Península. Como una suerte de experimento de Pablo Molino, se crea la subcolección "Hombres Audaces: Nuevos Héroes", en la que el editor contaría con sus jóvenes promesas, como Mallorquí, Hipkiss y Vallvé para escribir nuevos títulos de héroes hispanos.
Mallorquí comenzó escribiendo el remedo de "Pete Rice" con la serie "Tres Hombres Buenos" que debía sin embargo bien poco a su homóloga americana por sus planteamientos y personajes. A este título, y en la misma colección, se sumó "Duke", un personaje al que Mallorquí profesaba un especial cariño y que se ha tildado de inspirado en Jim Wallace, si bien su autor afirmaba que le recordaba más a Doc Savage.
Mallorquí y Hipkiss se habían forjado ya una sólida reputación como profesionales de la Novela Popular y Molino le ofreció la dirección de "Narraciones Terroríficas", la versión hispana de "Weird Tales", que Mallorquí seleccionaba y traducía en España y en la que incluyó, sin cobrarlos, diecisiete relatos suyos. Comenzó a escribir gran cantidad de "Westerns" para distintas editoriales, entre las que se hallaba la recién creada Ediciones Clíper, de Germán Plaza; en una de las colecciones de Clíper, "Novelas del Oeste" que su editor le había encargado, Mallorquí escribió la que sería primera de sus novelas sobre un famoso personaje,El Coyote, firmándola como Carter Mulford y basándose en "El Zorro", personaje creado por Johnson Mc Culley para las revistas pulp americanas All Story y The Argosy. El personaje gustó a Mallorquí y propuso a Pablo Molino una colección basada en dicho personaje, pero lo rechazó. Entonces Mallorquí propuso el proyecto a Germán Plaza, editor de Clíper, que lo aceptó y fue un éxito. Mallorquí escribió decenas de novelas con este personaje y además se editó una revista de cómics ilustrada por Batet y cuyos guiones realizaba el propio Mallorquí, álbumes de cromos, películas, e incluso números especiales. La serie alcanzó 192 títulos hasta 1953.
Desde el año 49, Mallorquí había probado fortuna con "Pueblos del Oeste", o "Jíbaro", colección sacada por Clíper en 1951 que narraba las oscuras aventuras de Juanito "Jíbaro" Vargas, un ser sanguinario y atormentado que vengaba la muerte de su padre y locura de su madre en los primeros episodios y que se mostraba como una suerte de "antihéroe", que no cuajó entre un público acostumbrado a héroes más luminosos. En "Jíbaro", Mallorquí mostró bajas pasiones y ambientes más hediondos, la "cara sucia" del Oeste.
Otro de sus trabajos en aquella época fue la Colección "Futuro". Mallorquí deseaba llevar a España la novela de ciencia ficción tal como hiciera en Argentina con el género de terror, pero el proyecto no parecía interesar y sólo le pedían "coyotes". Al final recurrió a Germán Plaza, que como siempre aceptó. La colección Futuro no duró mucho pese a su éxito de ventas y le faltaron las grandes firmas internacionales.
En 1953, nace su hijo César, que será también escritor. Acepta una oferta de la cadena SER y comienza a trabajar para la radio. Allí dio comienzo a una serie de seriales radiofónicos. Su primer serial fue "Dos hombres buenos". Realizó otros muchos trabajos para la radio, como "El Coyote", "Los Bustamante", "Lorena Harding", o "La tierra antes de Adán", un programa de divulgación sobre la prehistoria. Recibió el Premio Ondas en dos ocasiones (1954 y 1964), y el Premio Nacional de Radio (1965). Además novelizó gran parte de aquellas historias, que serían publicadas por la editorial Cid. "Dos hombres Buenos", por ejemplo, se publicó entre febrero de 1958 y abril de 1962, alcanzando la enorme cifra de 100 números. "Los Bustamante" se publicaron, también por Cid, entre los años 1962 y 1963, a lo largo de 23 novelas.
En aquellos tiempos José, su mujer Leonor del Corral y sus hijos, se trasladan a Madrid. Había ido quedándose algo sordo y coleccionaba desde vitolas de puro hasta sellos o armas de fuego (a pesar de que era un convencido pacifista).
En 1967 su mujer enferma de leucemia y fallece en junio de 1971 en el hospital. Por entonces escribía los guiones radiofónicos de Miss Móniker. En palabras de su hijo: “Aquella tarde, la tarde en que había muerto su esposa, mi padre escribió un guión de Miss Moniker. Al día siguiente, mis hermanos y yo lo leímos, y puedo asegurar que aquel guión estaba lleno de humor y de ingenio, de frescura y de optimismo, y estoy seguro de que nadie, leyéndolo, podría jamás imaginar que era la obra de un hombre destrozado.(…) El año y medio que siguió a la muerte de mi madre fue terriblemente triste. Mi padre se convirtió en una sombra de lo que fue; llenó la casa con retratos de su mujer, visitaba constantemente su tumba, se sumió en un prolongado estado de melancolía. Para colmo, la radio estaba cambiando y, frente al empuje de la TV, las radionovelas perdían cada vez más oyentes.”
En 1972, un grave problema de espalda le imposibilita continuar escribiendo y recurre a contratar a una secretaria y dictar sus guiones. Relata su hijo César: “Ya no podía ejercer su oficio del modo que siempre lo había hecho. La depresión se abatió sobre él como un mazazo; ni siquiera el nacimiento de Leonor, su primera nieta, le devolvió un ápice de alegría. Le dolía la pérdida de su mujer, le dolía la espalda, estaba cansado de vivir. De aquella época recuerdo el pasaje de una carta que mi padre le escribió a Juana Ginzo: “A veces creo que me retiraría a un convento, de no ser por lo mucho que me aburren las misas”. Incluso en la desesperación, un último rasgo de humor”
Se suicidó la madrugada del 7 de noviembre de 1972. Así lo recuerda César Mallorquí:
“Una mañana de noviembre, Mary, la muchacha de servicio, me despertó a primera hora y, con el rostro desencajado, me dijo que a mi padre le pasaba algo. Salté de la cama y, repentinamente espabilado, eché a correr hacia el dormitorio principal. Allí se encontraba el practicante que, a diario, le administraba a mi padre la insulina que necesitaba para controlar su diabetes. El buen hombre sacudía la cabeza, abatido, y no cesaba de musitar: “pobrecito, pobrecito”...
Volví la vista hacia la cama. Mi padre estaba tumbado, con la cabeza ladeada y el brazo derecho extendido. Parecía dormir. Las sábanas estaban empapadas de sangre y yo pensé que mi padre había vomitado. Contemple al practicante y quise preguntarle por qué no hacía nada, por qué se quedaba ahí parado, pero el hombre seguía sacudiendo la cabeza mientras repetía con un hilo de voz: “pobrecito, pobrecito”.
Miré de nuevo a mi padre. Estaba tan inmóvil... No sé cuánto tiempo transcurrió; supongo que sólo unos segundos, pero a mí se me antojaron siglos. Y, de pronto, lo vi. Había estado ahí todo el rato, bien visible, pero mi cerebro se negaba a registrarlo: en su mano derecha, mi padre empuñaba una pistola Astra del calibre nueve. Era un arma muy grande y podía verse con absoluta claridad; sin embargo, tardé unos quince o veinte segundos en advertir su presencia. Supongo que uno no ve lo que no quiere ver.
Dije algo, no recuerdo qué, y descargué un puñetazo contra un mueble. Abandoné el dormitorio, fui a la sala de estar, me dejé caer en un sillón, oculté la cara entre las manos y permití que las lágrimas fluyeran. Lloraba por mi padre, pero aquel fogonazo, aquella bala, no sólo había significado el punto final de la vida de José Mallorquí; junto con él murieron César de Echagüe, Duke Straley, Joao da Silveira, miss Moniker, Pablo Rido y todos los cientos, quizá miles, de personajes que vivían en el interior de la mente del escritor.
Antes de matarse, mi padre escribió una nota, terrible en su simplicidad y pragmatismo: “No puedo más. Me mato. En el cajón de mi mesa hay cheques firmados”. En vez de firmar con su nombre, puso: “Papá”. Y debajo, como algo recordado en el último momento, escribió: “Perdón”.
Para saber más: César Mallorquí “José Mallorquí, El hombre tras la máscara”.